Devenir del exterior-interno a lo interno-externo
Semiótica de la moda
Este ensayo especula acerca de lo corporal, lo espacial y lo performativo a través de la indumentaria. Si bien hago acercamientos a una definición de qué es la moda, me interesa más preguntarme qué hace y cómo. En este ensayo hago referencia al trabajo teórico de distintos autores en las áreas de las humanidades, filosofía, estudios posmodernos de diferenciación y semiótica visual.
El título de este ensayo hace referencia a dos ideas prestadas:
En primer lugar, el Devenir (Becoming), extraído del pensamiento de Gilles Deleuze. El devenir no es un estado, sino un flujo; un proceso continuo de transformación donde la identidad no se posee, sino que se sucede a través de alianzas con otros cuerpos, objetos y sistemas políticos. En segundo lugar, la noción de Elizabeth Grosz sobre los cuerpos volátiles: el cuerpo como el umbral donde el sujeto expresa su interioridad y, simultáneamente, codifica los estímulos del mundo externo. Aquí, el cuerpo en la moda contemporánea funciona como un puente que articula los deseos de la mente con la sensibilidad colectiva.
Estas dos ideas prestadas sirven como catalizador para encontrar una definición más expansiva de la indumentaria. He querido comenzar por arrojar el cuerpo a la conversación, ya que es el sitio en donde se articulan los significados, efectos y fenómenos del vestir, de la indumentaria y de la moda; y es desde el cuerpo también que es posible transitar, habitar, representar o activar lo espacial. El cuerpo como una serie de procesos de devenir, más que como un estado fijo de ser. El cuerpo a la vez siendo activo y productivo.
Aunque la moda siempre dispone y se apropia del cuerpo, la indumentaria rara vez se vincula a estudios formales de lo corporal. Del mismo modo, el rigor académico de las ciencias sociales y el pensamiento filosófico difícilmente consideran el rol de la indumentaria en la encarnación de nuestra experiencia social, política y subjetiva (Eckersley y Duff, 2020).
La moda comienza en el momento en el que el ser humano decide usar la piel de un animal para protegerse de las inclemencias del clima. Surge entonces como más que una comodidad, sino a partir de una necesidad supervivencial. Hoy en día, una pesadilla universal quizá es la de despertarse inquietos después de haber soñado que nuestra desnudez estuvo expuesta involuntariamente.
En su artículo titulado ¡Destruir! (Exit, n.º 27, 2007), Maria Luisa Frisa menciona que: “Un cuerpo desnudo está desarmado, desprotegido, no emite señal alguna”. El cuerpo vestido es un cuerpo habituado, un cuerpo de costumbre, práctica y repetición. Absolutamente todos los cuerpos observan el hábito de estar vestidos. Se trata de un quehacer cultural y social, más allá de sus cualidades materiales y objetuales.
A partir de lo anterior propongo tres aproximaciones: la moda como lenguaje, como memoria y como imagen. Estas líneas dialogan, de manera transversal, con tres momentos históricos: la modernidad, la posmodernidad y la contemporaneidad.
I. Lenguaje: La máquina discursiva
El vestir como un lenguaje, o el lenguaje de la indumentaria, comienza a desdoblarse de manera formal a finales de los años 60 con el primer acercamiento semiótico a la moda hecho por Roland Barthes en su publicación Système de la mode (1967), donde explora el paralelismo del lenguaje y la indumentaria, argumentando que un lenguaje no sólo se compone de comunicación verbal, sino que se articula a través de cualquier elemento o soporte simbólico del cual el ser humano se vale para relacionarse con el mundo.
En la medida en que la indumentaria acompaña los cambios de paradigma del desarrollo humano (ya que es una manera de hacer una lectura a la historia política y cultural de la humanidad), las ciencias sociales se detienen cada vez con un poco más de rigor a analizar el valor comunicativo de la indumentaria. La moda puede ser concebida como una máquina discursiva, en el sentido de que personifica a un sujeto y modula sus estados o el estado del espacio compartido, transformando y diferenciando entonces lo que un cuerpo vestido puede hacer. El valor comunicativo de la moda se alberga en la posibilidad de componer y complementar subjetividades y corporalidades, representándolas en un discurso visual.
La indumentaria, según el marco semiótico de Petr Bogatyrev, es simultáneamente objeto y signo. Una prenda es capaz de adoptar distintas funciones. Para Bogatyrev, el hábito de vestir integra estrategias lingüísticas con las que es posible construir significados. Al igual que cualquier sistema natural de lenguaje, la moda se compone de un vocabulario, de un léxico y de narrativas. Bogatyrev sugiere que para entender la función de la indumentaria es necesario interpretar sus signos, tal como aprendemos un lenguaje diferente.
Este “vocabulario” es potencialmente ilimitado: incluye prendas, accesorios, tatuajes, intervenciones corporales y peinados. Cada elemento funciona como una “palabra” cuyo significado varía según el contexto social, histórico y cultural. Así como en el lenguaje verbal, también aquí hay uso y desgaste. Las prendas se adoptan, se repiten y se abandonan. La diferencia es que este proceso suele operar de manera menos consciente, aunque no por ello menos estructurada.
II. Memoria: El Ritmo del Hábito
La memoria introduce una dimensión temporal. No solo remite al pasado, sino a la manera en que el pasado se activa en el presente. La palabra “moda” proviene de modus: costumbre, manera. La moda puede entenderse como un sistema de repetición. Su aparente cambio constante es, en muchos casos, una reconfiguración de lo ya existente.
Hábito, repetición y cotidianidad son formas en las que la memoria se encarna en el cuerpo. A través de ellas se construye la identidad como práctica reiterada. La búsqueda de identidad es una práctica corporal que se realiza una y otra vez. En esta búsqueda y construcción de lo identitario, nos relacionamos íntimamente con la naturaleza material de objetos y prendas. La moda se sitúa en la memoria como un registro dual de resonancias sociales y personales, donde frecuentemente el pasado se encuentra con el presente.
La relación con las prendas es también una relación afectiva. Vestirse implica activar recuerdos: lo que una prenda significa, lo que evoca, lo que permite o impide. La moda es un archivo híbrido, donde se cruzan lo personal y lo colectivo. Un hábito es, en primer plano, una repetición de diferencias y, en segundo plano, una práctica de continuidad.
Sin embargo, a través de la historia, en el hábito heredado, la memoria frecuentemente condiciona al tiempo en vez de dejarse atravesar por él. En su dimensión social, puede fijar y reproducir estructuras: estereotipos, normas de género, ideales de estéticos. Por eso, más que un depósito estable, conviene pensarla como algo frágil y maleable.
Entender la moda desde la memoria implica reconocerla como un campo de tensión entre repetición y transformación.
III. Imagen: El Giro Icónico
El cuerpo vestido no puede separarse de su contexto social. Su forma es también una construcción colectiva. Hacia finales del siglo XX, los cuerpos dentro del sistema de la moda tendían a reproducir normas de género, belleza y clase. Sin embargo, con la intensificación del capitalismo global y las transformaciones culturales, estas estructuras comenzaron a resquebrajarse.
La moda se volvió un espacio de desidentificación y de experimentación. Los objetos estéticos dejaron de ser solo ornamentales para convertirse en vehículos de narrativas individuales. El diseño de moda no solo “viste” cuerpos: los modela. Como práctica creativa que en esencia modela corporalidades, tiene un profundo impacto no solo en la “estetización” del mundo, sino que se encuentra en la cima de las armas de poder político, al ser el cuerpo vestido el primer medio de búsqueda y comunicación de la autonomía individual.
Al comienzo del siglo XXI, la moda contemporánea genera un giro conceptual y performativo en la iconografía corporal. Su más reciente cambio de paradigma es, quizá, a través de la deconstrucción radical del cuerpo; la creación y destrucción simultánea de lo corporal con la especulación del posthumanismo y el transhumanismo, y con el reconocimiento de la diversidad sexual y de género. Actualmente atestiguamos el apocalipsis de la construcción histórica del cuerpo “naturalizado” e indagamos en una colectividad que busca cómo coexistir entre identidades más homogéneas.
Nuestra cultura actual es una cultura visual que ha hecho un giro conceptual del lenguaje textual al de la creación infinitesimal de imágenes. Actualmente, los medios interactivos dominantes codifican sus mensajes en un código visual de formas sociales de espectáculo, adorno y arte. Lo “aesthetic” se extiende desde el cuerpo al entorno compartido, permeando todos los estratos sociales, partiendo de la apariencia hacia el entorno.
Conclusión: El Juego de las Superficies
El mundo que habitamos está lleno de personas decoradas. La moda es un juego del que todos somos parte todos los días. En contextos donde el acceso a recursos es desigual, la mayoría tenemos, en principio, acceso a nuestro propio cuerpo. En este sentido, como lenguaje, memoria e imagen, la moda es una de las herramientas políticas más fácilmente disponibles, capaz de representar o desafiar estructuras de poder.
La moda implica una interacción entre cuerpos: el cuerpo de la tela, el cuerpo vestido, el cuerpo del espacio habitado. Hablamos de límites y superficies puestos en contacto. La indumentaria está atrapada en un juego de ir y venir entre dimensiones materiales, sensoriales y subjetivas. Incluso cuando no hay un cuerpo que porte un objeto, cada superficie modelada involucra la noción de un cuerpo. Con esto en mente, es posible definir la moda dentro de ensamblajes de fuerzas humanas y no humanas que traen a la superficie el pensamiento de la moda a toda expresión cotidiana.
Escuela de Artes de Jalisco
Mayo, 2024